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miércoles, 5 de octubre de 2011

Elecciones en Letonia, los votantes dan la espalda a los oligarcas



Cartel electoral de Ainars Slesers uno de los oligarcas más conocidos en Letonia

20 años de democracia no han sido suficientes en Letonia para formar un sistema de partidos estable, los grupos políticos aparecen y desaparecen de elección a elección y las principales personalidades crean, dividen y disuelven movimientos políticos a su antojo. No obstante podemos resumir el devenir político de esta joven república báltica en tres tendencias: la importancia de los partidos fundados por oligarcas, la profusión de partidos de ideología conservadora y el papel jugado por la minoría rusa. Si habéis leído mi artículo sobre las minorías rusas en los países bálticos os acordareis que Letonia es un país en el que cerca de un tercio de la población es rusa. 5 décadas de ocupación soviética han provocado por un lado que una minoría rusa importante siga presente en el país y por otro lado la presencia de un fuerte nacionalismo conservador entre la población étnicamente letona que ha acaparado gran parte del proceso político democrático desde la independencia del país en 1991. En respuesta a este nacionalismo a veces exacerbado de gran parte de los partidos políticos letones, los rusos se han ido organizando en torno a otro partido, esta vez de ideología cercana a la socialdemocracia. Por último los oligarcas también han jugado un papel nada desdeñable en la política letona. Esta importancia se debe al funcionamiento del propio sistema, al no haber una ley de financiación de partidos políticos hasta recientemente, estos sólo se podían financiar gracias a grandes donaciones, y los oligarcas son los que más dinero disponen. Los oligarcas letones son, como pasó en Rusia, el producto de una opaca y rápida privatización del aparato estatal soviético en Letonia. De este proceso surgieron grandes fortunas muchas de las cuales no dudaron en formar sus propios partidos políticos para defender sus intereses en el Parlamento. Siendo estos partidos los que tenían un mayor acceso a financiación gracias a sus patrones oligarcas, sus resultados electorales han sido excelentes. El poder de los oligarcas no ha ido sino creciendo gracias al boom neoliberal que dejo a Letonia sin casi regulación bancaria, lo que a la larga le llevaría a ser uno de los países más afectados por la crisis financiera internacional de 2008.

Revolución de los Paraguas
Volviendo varios años atrás, en las elecciones de 2006 los partidos oligárquicos lograron su mejor resultado hasta entonces. El Partido Popular (TP) , la Unión de Verdes y Agricultores (ZZS) y el Primer Partido de Letonia (LPP), todos ellos partidos fundados y dirigidos por oligarcas locales lograron la mayoría absoluta. En cambio los partidos conservadores y nacionalistas apenas lograron el 20% de los votos y el partido rusófono Centro de la Armonia (SC), todavía poco implantado, lograba el 14,4% de los votos. Pero justo con su aplastante victoria los oligarcas provocaban el comienzo de su lenta caída. La primera derrota fue en julio de 2007 cuando la presidenta del país Vaira Vike-Freiberga anunciaba un referéndum para frenar los intentos de los oligarcas por controlar las fuerzas de seguridad del país. En noviembre de eses mismo año la llamada Revolución de los paraguas, ya que era un día muy lluvioso y las multitudes congregadas en las calles se manifestaba con los paraguas abiertos, provocaba la dimisión del primer ministro Aigars Kalvitis, del gobernante partido oligárquico TP. Este episodio podría considerarse como el principio del fin del poder de los oligarcas en Letonia.

Valdis Dombrovskis
Las brutales consecuencias de la crisis económica en Letonia dejaron en evidencia el corrupto sistema político y económico que los oligarcas habían construido, con el beneplácito de los partidos conservadores. Debido a su modelo ultraliberal, Letonia, el paraíso neoliberal y modelo económico de parte de la derecha europea, se derrumbó. El PIB descendió en un año un espectacular 18%, llegando a bajar en total un 25%; el desempleo subió hasta superar el 20%. El país sólo se pudo salvar de la bancarrota gracias a un préstamo de 7 mil millones de euros del FMI, la UE y el Banco Mundial. Ante este panorama los oligarcas fueron alejándose del poder y los partidos conservadores, hasta entonces en la retaguardia comenzaron a pasar a un primer plano. A partir de la primavera de 2009 Valdis Dombrovskis, de la alianza conservadora Unidad lograba ser primer ministro, y comenzó una política de recortes (13-15% del PIB) que si bien ha permitido al país volver a crecer (el último año a un buen 3%) no ha logrado bajar la tasa de desempleo del 17%. Un porcentaje elevadísimo teniendo en cuenta que Letonia es un país con muy poca asistencia social debido a años de políticas neoliberales.

Valdis Zatlers
En este contexto de caos económico y social en octubre de 2010 fueron convocadas nuevas elecciones en las que los partidos conservadores lograron un buen resultado, aunque los oligarcas seguían teniendo un peso considerable en el parlamento letón. La alianza conservadora Unidad lograba un 31,2% de los votos y los nacionalistas de la Alianza Nacional lograban un 7,7%. La alianza de partidos oligárquicos LPP lograba el 7,7% de los votos y la ZZS un 19,7%. Por último el partido rusófono SC subía hasta el 26% de los votos. Por su parte el antiguo partido gobernante TP se disolvió para evitar investigaciones por financiación irregular. Debido al rechazo frontal de los partidos conservadores a formar gobierno con los rusófonos del SC, a los que acusaban de estar financiados por Putin y su partido Rusia Unida, tuvieron que hacerlo con los oligarcas del ZZS. Pero poco después, en Mayo de 2011 estalló la crisis definitiva. Ante la negativa del Parlamento, especialmente del ZZS pero también del SC, a aprobar la investigación judicial por corrupción del oligarca, líder del LPP y antiguo Ministro de Transportes Ainars Slesers, Valdis Zatlers, presidente letón desde julio de 2007 convocó un referéndum que pedía el apoyo popular para disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones. Con un 94,3% de los votos a favor en la consulta popular, Zatlers disolvía el Parlamento, convocaba elecciones y anunciaba la creación de un nuevo partido el Partido Reformista de Zatler (ZRP) cuya principal misión era desterrar a los oligarcas de la vida política letona. El presidente Zatler colocaba a tres oligarcas en su punto de mira, el propio Slesers del LPP, el líder del ZSS y alcalde de Ventspils Aivars Lembergs y el antiguo primer ministro y ex miembro del TP Andris Skele. Slesers respondió renombrando su partido como el Partido Reformista de Slesers. Con esta atmósfera cuasi revolucionaria el pasado 17 de septiembre los letones acudieron a las urnas a elegir un nuevo parlamento.

Nils Usakovs
La contienda entre Zatlers, los oligarcas, los rusófonos y los partidos conservadores clásicos agrupados en torno a Unidad ha tenido dos claros vencedores en las elecciones: el partido reformista de Zatlers (ZRP) y el pro-ruso SC. Con un 28,4% y 31 diputados, el SC se coloca en primer lugar por primera vez en su historia. El partido pro-ruso ha logrado movilizar a la minoría rusa, pero no ha logrado atraer a una masa importante de votantes letones a pesar de ser el único partido del centro-izquierda. La popularidad de su líder, el alcalde de Riga Nils Usakovs, ha podido se otro factor determinante en la vitoria del SC. En segundo lugar con 20,8% de los votos y 22 diputados se sitúa el partido de Zatler que logra una excelente entrada en el Parlamento letón. En tercer lugar se sitúan los conservadores de Unidad del primer ministro Valdis Drombovskis con el 18,8% y 20 escaños. Pierde casi la mitad de sus votante muy probablemente en favor del ZRP. La Alianza Nacional sube del 7,7% al 13,9% y se queda con 14 diputados. El partido oligárquico ZZS baja hasta el 12,2% de los votos y 13 diputados. Por último el partido de Slesers tan sólo logra un 2,4% de los votos y se queda sin representantes parlamentarios. Gran parte de los distritos antes controlados por estos partidos pasan a manos del ZRP.

Junto a la casi desaparición del parlamento de los oligarcas, tan sólo resta el ZZS y sus 13 diputados, las elecciones han constatado la gran regionalización de los partidos en Letonia. Si veis el mapa de los resultados electorales (al final del post) podéis observar dicha regionalización. El partido rusófono SC gana en los distritos donde los rusos son mayoría, es decir, la capital del país Riga (centro) y el Sur-este. En Riga el SC logra el 41,6% de los votos y en Daugavpilis, la ciudad con mayor población rusa en Letonia logra el 71,7%. El partido oligárquico ZZS obtiene una clara victoria en su feudo de Ventspils (extremo noroeste del país) con el 38% de los votos. El resto del país está repartido entre el partido de Zatlers y Unidad ya que ambos comparten una ideología conservadora muy popular en las zonas rurales.

A pesar de contar con 5 partidos en el Parlamento sólo existe una opción de gobierno viable, la formada por el partido de Zatler, Unidad y la Alianza Nacional. Esto se debe a que a pesar de que el SC es el primer partido, ningún partido letón está dispuesto a gobernar con los pro-rusos. Por otro lado Zatler se ha negado a colaborar con los oligarcas del ZZS. La proximidad ideológica entre el partido de Zatler y Unidad es tanta que no sería raro que se fusionaran en un futuro para contrarrestar el peso del ascendente Centro de la Armonía (SC). Letonia por tanto se ha librado por algún tiempo de los oligarcas, ya una fuerza residual en el parlamento, pero será gobernada durante los próximos años por una coalición de partidos personalistas, entre ellos un partido nacionalista, que seguirán una ideología no muy lejana de aquella que llevó al país a la ruina durante la década pasada. Por otro lado, la minoría rusa, a pesar de haber apostado sin ninguna duda y con mucho éxito por la vía democrática para reclamar sus derechos, seguirá una vez más marginada de la toma de decisiones.


Escaños 2010
Escaños 2011
% Votos 2010
% Votos 2011
Nº Votos 2010
Nº Votos 2011
Centro de la Armonía
29
31
26%
28,4%
251.397
259.930
Partido Reformista de Zatler
.
22
.
20,8%
.
190.853
Unidad
33
20
31,2%
18,8%
301.424
172.567
Alianza Nacional
8
14
7,7%
13,9%
74.028
127.208
Unión Verdes y Agricultores
22
13
19,7%
12,2%
190.025
111.955
Primer Partido de Letonia
8
0
7,7%
2,4%
73.877
22.131




martes, 15 de marzo de 2011

La minoría rusa en los países bálticos

Estonia, Letonia y Lituania con el color de sus banderas
Desde que finalizaron las guerras en la antigua Yugoslavia, en Europa se tiende a pensar que ya no existen problemas étnicos relevantes en el viejo continente. Salvo algunas tensiones en la periferia continental, como Moldavia o Ucrania, el maltrato a las minorías por parte de mayorías nacionales parece algo superado y más propio del sangriento siglo XX. En esta nueva centuria, se piensa, los conflictos étnicos son algo propio de otras regiones; Europa está libre de ellos gracias, sobre todo, a la labor de la Unión Europea y sus políticas de integración y protección de las minorías. Lo que se suele olvidar es que esto no es totalmente real, siguen existiendo situaciones de conflicto étnico en numerosos puntos del Este del continente. La paz en la antigua Yugoslavia sigue siendo artificial y se debe más a la presencia y ayudas internacionales que a la solución real del problema. Bosnia, Kosovo o Macedonia siguen estando amenazadas por el fantasma de un conflicto entre nacionalidades. Podemos argüir que son países todavía fuera de la Unión Europea y que por tanto una vez accedan al selecto club de Bruselas sus problemas se verán paliados, tal y como ha pasado en el resto de países del Este. El respeto a las minorías es uno de los requisitos principales que los países miembros de la UE impusieron a los candidatos del otro lado del Telón de Acero, recordando las décadas de persecución de las minorías por parte de las mayorías nacionales en esta parte del continente. Sin embargo pertenecer a la UE no ha resultado ser garantía de respeto para algunas de las minorías que, dentro de la Unión, sufren la marginación en ciertos países. El caso más claro es el de la minoría rusa en los países bálticos, de la que trataremos en este artículo. Las elecciones legislativas en Estonia del pasado 6 de marzo volvieron a recordar a Europa que aún existe una minoría sin derechos en la Unión, y un país donde cerca del 10% de su población no tiene derecho a votar por pertenecer a un grupo nacional diferente al mayoritario.

Desde el año 2004 los países bálticos son miembros de la Unión Europea y desde entonces la situación de la minoría rusa en estos estados ha sido un asunto de primera magnitud, sobre todo en las relaciones de Bruselas con Moscú. La situación de marginación de los rusos en los países bálticos, excepto el caso de Lituania, no tiene parangón en otras partes de la Unión Europea, salvo quizá el de la población gitana. El problema además cobra importancia si analizamos el peso demográfico que esta minoría, la rusa, tiene en el conjunto de los países bálticos. En Estonia se calcula que un 28% de la población es de origen ruso, un 37% en la capital Tallin. En las comarcas del noreste, en la frontera con Rusia, llegan a ser mayoría, siendo un 86% de la población en Narva, la principal ciudad de la región. En Letonia el peso demográfico es incluso mayor, hasta un 32,5% en el conjunto del país y un 40% en la capital Riga. En Daugavpils, la segunda ciudad del país, los rusos son mayoría. Por último, en Lituania el porcentaje de rusos es considerablemente menor, un 8%, un 14,5% en la capital, Vilnius. Por tanto se trata de una minoría con un gran peso demográfico en la región y con una presencia histórica que se extiende en el pasado hasta el siglo XVIII. Si a las cifras contempladas añadimos el porcentaje de bielorrusos y ucranianos, que sufren el mismo trato que la minoría rusa, nos encontramos con que tanto en Estonia como en Letonia más de un tercio de la población procede de territorios de la ex-Unión Soviética (URSS). Esto, en países fuertemente nacionalistas y que han sufrido durante siglos el dominio ruso, supone un auténtico problema no sólo para ellos, sino también para Bruselas y Moscú.

La minoría rusa es vista por la mayoría de la población estonia y letona con hostilidad, lo que ha provocado la marginación social, política y económica de esta minoría a unos niveles poco comparables a cualquier otra situación en la Unión Europea. Los rusos se han visto apartados, desde la independencia de las repúblicas bálticas en 1990, de poder participar en elecciones, poder realizar según qué profesiones o actividades económicas, poder ser educados en su propio idioma o lo más básico, ser ciudadanos y tener un pasaporte, negándoles incluso el derecho a abandonar el país. Para entender mejor la situación debemos encontrar las claves históricas que explican la hostilidad de los pueblos baltos hacia la minoría rusa.

Como ya he señalado anteriormente, el dominio ruso en la región se retrotrae hasta siglo XVIII cuando la región fue disputada por Suecia, entonces la gran potencia del Norte, y el expansivo reino de Rusia. Tras numerosas guerras, en las que participaron otras potencias que ambicionaban la región como Polonia o Dinamarca, el poder ruso se impuso en los países Bálticos. Desde entonces y hasta la Primera Guerra Mundial, Estonia, Letonia y Lituania formaron parte del Imperio Ruso. No fue hasta que Rusia se vio afectada por la Revolución Rusa en 1917 y firmó la paz de Brest Litovsk con el Reich Alemán, que estas provincias dejaron de depender de Petrogrado, por entonces capital del Imperio Ruso, y pasaron al control de Berlín. La derrota alemana en 1918 trajo a los países Bálticos la ansiada independencia, garantizada por las potencias aliadas (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos) y por el principio de autodeterminación de las naciones, uno de los famosos 14 puntos para la paz del presidente norteamericano Woodrow Wilson. El interés real de los aliados era evitar que la zona estratégica de los países bálticos, vital para el control del Mar Bático por parte de Rusia y la salida al Mar del Norte, cayese en manos del gobierno comunista de Moscú. Durante los años 20 y 30 los tres estados, Estonia, Letonia y Lituania evolucionaron hacia regímenes fuertemente nacionalistas, fervientemente anti-rusos y anti-comunistas. El miedo al gigantesco vecino soviético empujó a los países bálticos hacia regímenes autocráticos y militaristas. Por entonces la presencia de rusos en las nuevas repúblicas no era significativo, suponían entre un 8 y un 10% de la población en Letonia, un 4% en Estonia y un 2% en Lituania. En agosto de 1939, un mes antes de que empezase la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi y la URSS de Stalin firmaron el acuerdo Molotov-Ribbentrop por el cual secretamente Moscú permitía la invasión alemana de Polonia, a cambio de que Hitler permitiese la invasión soviética de las repúblicas bálticas. Ya en 1940, en el fragor de la Segunda Guerra Mundial, con una Polonia ocupada por tropas alemanas y soviéticas, Stalin llevó a cabo su tan esperada invasión y anexión de las repúblicas bálticas. Moscú perdería el control sobre esta región durante la invasión alemana en 1941 hasta que a principios de 1944 los países bálticos fueron “liberados” por el ejército rojo de Stalin. Desde entonces Estonia, Letonia y Lituania, constituidas en Repúblicas Socialistas Soviéticas, pasarían a estar férreamente controladas desde Moscú.

Situación de las Repúblicas Bálticas en Europa
Siguiendo su política de genocidio en otras regiones, Stalin, tratando de debilitar el peso demográfico de naciones no rusas en los países bálticos, deportó a decenas de miles de estonios, letones y lituanos hacia otras partes de la URSS y a los gulags siberianos, a la vez que favorecía la emigración de rusos hacia estos países. Ya durante el resto del periodo soviético, que se extendió hasta 1990, las deportaciones finalizaron pero la emigración de rusos continuó. Sobre todo debido a que, a pesar de que eran regiones pobres en comparación con Europa, los países bálticos eran la zona más próspera de la URSS. Esto provocó la llegada masiva de rusos, ucranianos y bielorrusos, debido al mayor nivel de vida, pero también de militares retirados o pensionistas en busca de un lugar con buenas condiciones económicas para su retiro. Sin embargo durante los primeros años la gran mayoría de emigrantes fueron trabajadores que llegaron para reconstruir la industria de los países bálticos, totalmente devastada por la guerra. Estos inmigrantes se asentaron principalmente en las ciudades, donde estaban las fábricas, lo que explica que todavía hoy gran parte de la minoría rusa se concentre en los núcleos urbanos. La emigración de rusos a Estonia y Letonia fue mayor que a Lituania debido a que en esta última región las leyes sobre vivienda y empleo eran más severas. Con la independencia en 1990 de la URSS, estonios, letones y lituanos se encuentran que por primera vez desde 1940 son dueños de sus destinos, pero que un tercio de su población no comparte ni su lengua ni su cultura, representa a la potencia que las ha dominado y sojuzgado durante siglos y que mantienen lazos lingüísticos y culturales con su principal enemiga y colosal vecina, Rusia.

Vistos como símbolos de 50 años de represión, deportaciones y erradicación cultural, los rusos fueron marginados desde el primer momento por las nuevas repúblicas recién independizadas. Tras 20 años pocas cosas han cambiado, aunque las continuas llamadas de atención desde Bruselas han mejorado la situación de la minoría rusa. Empezando por Estonia nos encontramos que tras la independencia de la URSS, la nueva república aparta sin pudor a un tercio de su población, los rusos, a la categoría de no-ciudadanos. Se le otorgó la ciudadanía a todos aquellos que tuviesen la ciudadanía estonia antes del 16 de junio de 1940 así como a sus descendientes. En cambio aquellos que hubiesen llegado a Estonia durante los años de ocupación soviética debían de demostrar conocimientos en historia, cultura y lengua estonias. Debían de contar con ingresos permanentes y legales suficientes para automantenerse y mantener las personas a su cargo. Además tenían que pronunciar un juramento de lealtad a Estonia. Tras 20 años estas duras medidas han dejado a entre unas cien mil y ciento treinta mil personas sin ciudadanía, los llamados no-ciudadanos, la gran mayoría rusos. Se caracterizan por llevar unos pasaportes grises que no les permiten salir del país u obtener un pasaporte de la UE. Además, debido a la Ley de la Lengua, cualquier cartel publicitario o señal en ruso está prohibido. Los rusos con desconocimiento del estonio tienen muchas dificultades para acceder a profesiones como abogados, notarios, o cualquier puesto en el sector público. La consecuencia de todo ello ha sido que gran parte de la minoría rusa en Estonia se encuentra en la marginación. El desempleo es el doble entre rusos y la diferencia entre los sueldos de estos y los estonios es de un 25% a favor de los segundos. La minoría rusa supone un 58% de la población presidiaria y un 80% de los casos de sida. Además se ven acosados por continuas inspecciones para demostrar que saben estonio; en caso contrario pueden incluso perder el trabajo. El único espacio de libertad para los rusos es la participación en las elecciones locales. En cambio en las elecciones nacionales no pueden votar. El miedo a darles el voto se basa en el temor de los partidos tradicionales del país, conservadores y fuertemente nacionalistas, a perder la hegemonía política que han disfrutado desde la independencia. El Partido Estonio del Centro, de centro-izquierda, es el partido al que más apoyan los rusos de Estonia. Su líder, Edgar Savisaar, es el alcalde de Tallin, donde más de un tercio de la población es de origen ruso. En las elecciones legislativas del pasado 6 de marzo su formación política obtuvo un 23,3% de los votos, manteniéndose como el segundo partido con mayor representación en el Parlamento y como principal voz de la minoría rusa.

En Letonia la situación es muy parecida a la de su vecina Estonia. 20 años después de la independencia, del 30% de población de origen ruso que existe en Letonia, sólo la mitad tiene la ciudadanía. 480 mil habitantes, un 21% de la población, siguen sin la ciudadanía letona, la mayoría de ellos rusos, aunque también bielorrusos y ucranianos. Esto es consecuencia de la Ley de Ciudadanía adoptada en 1991 que sólo otorgó la ciudadanía a aquellos que ya vivían en Letonia antes de 1940 y sus descendientes, lo que dejó sin ciudadanía a los rusos emigrados durante el periodo soviético e incluso a sus descendientes, ya nacidos en suelo letón. Para adquirir la ciudadanía letona los interesados debían acreditar, al igual que en el caso estonio, conocimiento de la lengua y la cultura de Letonia. Debido a presiones de la UE, se ha bajado el nivel de exigencia, ahora tan sólo hay que aprobar un examen de letón básico, un examen de historia y pagar 30 euros. Aun así la mayoría de la minoría rusa sigue sin ciudadanía lo que supone el no tener derecho a voto, no poder ser candidato a unas elecciones, no poder poseer tierras o no poder participar en organizaciones políticas. A nivel educativo, es obligatorio que un 60% de las asignaturas en las escuelas públicas se den en letón. A pesar de las numerosas restricciones existe un partido político, el Harmony Centre que, defendiendo los intereses de la minoría rusa, ha logrado también el apoyo de sectores progresistas de la población letona, logrando en las últimas elecciones de 2010 un 26% de los votos y consiguiendo ser el segundo partido más votado. En la capital, Riga, es el partido que gobierna.

Porcentaje de población rusa
Lituania es el caso ejemplar de como integrar a la minoría rusa. Aunque de un peso demográfico considerablemente menor, los rusos representan un 8% de la población, Lituania ha sabido integrar de forma menos traumática a las minorías heredadas del dominio soviético. Al contrario que sus repúblicas hermanas, en 1991 al independizarse, Lituania otorgó la ciudadanía a todos sus habitantes, independientemente de su cultura, lengua u origen. Esto ha permitido que las tensiones políticas y sociales que se han producido en Estonia y Letonia no se hayan repetido en Lituania. Las buenas relaciones diplomáticas con Moscú también han mejorado la situación de la minoría rusa en el país.

La situación de marginación de los rusos en Estonia y Letonia no ha desembocado, por ahora, en conflictos más serios. Salvo los violentos enfrentamientos que se produjeron en Estonia en 2007 entre rusos y estonios, tras la retirada por parte del gobierno de un memorial soviético de la Segunda Guerra Mundial, los episodios violentos han sido muy limitados. Pero no por ello debemos de olvidar la situación de marginación que vive la minoría rusa en estos países. Amparándose en que la ocupación soviética fue ilegal y por tanto los emigrantes vinieron de forma ilegal a los países bálticos, los gobiernos de Tallin y Riga han retirado la ciudadanía a cientos de miles de habitantes. La situación podría ser aprovechada por Rusia, que en situaciones parecidas ha optado por defender, incluso militarmente, a sus minorías más allá de sus fronteras. Nada impide que Moscú, al igual que hizo en las regiones separatistas de Georgia, Abjazia y Osetia del Sur, otorgue a estos rusos sin ciudadanía pasaportes, creando una complicada situación internacional. Pero más allá de una posible crisis diplomática, no se debe permitir, cuanto menos en la Unión Europea con lo que representa en cuanto a defensa de los derechos humanos, que miles de personas se vean privadas de algo tan básico como la ciudadanía. El cada vez mayor apoyo de sectores liberales y no nacionalistas de la población letona y estonia ha permitido que partidos políticos defensores de los derechos de la minoría rusa logren un número muy importante de votos. Además Lituania sirve como ejemplo claro de convivencia e integración entre baltos y rusos. A pesar de ello las graves consecuencias sociales de la brutal crisis económica que ha azotado a estos países desde 2008, amenazan con reavivar la tensión social y étnica en las repúblicas bálticas.