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martes, 21 de junio de 2011

El avispero sirio


Los acontecimientos de las últimas semanas apuntan a que Siria se dirige hacia el camino de la guerra civil. A pesar de que el régimen dictatorial sirio ha usado impunemente las fuerzas armadas para detener las protestas de forma brutal, estas no paran de multiplicarse por todo el país. Además las deserciones dentro del propio ejército están creando dificultades todavía mayores al régimen sirio. Lo que parece claro es que Siria ha llegado a un punto de no retorno, es decir, o se encamina hacia la guerra civil como Libia o el régimen se deshace de su presidente como pasó en Túnez o Egipto. Pero las repercusiones de un desmoronamiento del Estado sirio o de una guerra civil son mucho mayores que lo ya ocurrido en otros países árabes. Mientras que Túnez, Libia y Yemen son países periféricos del mundo árabe y Egipto se encuentra políticamente y geográficamente aislado del núcleo central árabe por Israel, Siria se halla en el corazón de Oriente Medio. Desde que en los albores del Islam la dinastía árabe omeya estableciese el califato en Damasco y en por la entonces helenizada Siria, la región ha constituido un eslabón clave para controlar el poder en el mundo árabe-musulmán. Desde su independencia en 1946 del dominio colonial francés, Siria ha jugado un papel primordial en el juego político de la región: tres veces se ha enfrentado militarmente a Israel, intervino decididamente en la guerra civil libanesa llegando a controlar el país hasta 2005 y fue Damasco uno de los pilares del panarabismo durante los 60 y 70 llegando a constituir una República Árabe Unida junto con Egipto entre 1958 y 1961. Por tanto su historia, su peso político y su situación geográfica hacen de Siria un país clave para la estabilidad y el equilibrio de poder en el mundo árabe.

División religiosa y étnica de Siria y el Líbano y principales focos de protesta contra el régimen sirio


Otro factor importante para entender las repercusiones de una Siria inestable es su diversidad étnica y religiosa. Debido a que la mayoría de estados árabes son invenciones de las antiguas potencias coloniales, principalmente Reino Unido y Francia, quienes crearon estados artificiales a lo largo y ancho de Oriente Medio, grupos étnicos y religiosos fueron divididos entre diversos estados, favoreciendo el control de algunas minorías sobre el resto de habitantes del país. Si en Irak fueron los suníes la minoría favorecida, en Siria han sido históricamente los chiíes alauitas, que constituyen alrededor del 12% de la población, aquellos que han dominado un país mayoritariamente suní. No es de extrañar que el régimen sirio, basado en el partido único Ba'ath de ideología panárabe socialista secular y en el clan de los Assad, se asienta en la minoría alauí. En Siria por tanto podemos encontrar en la actualidad tres grandes divisiones: la étnica, la religiosa y la política. Étnicamente la gran mayoría de la población es árabe. Si miramos el mapa que adjunto de Siria todos los grupos son árabes excepto los kurdos (en morado) que pertenecen a la familia indoeuropea y representan en torno al 9% de la población. También existen pequeñas comunidades turcas y armenias. En cuanto a la religión Siria es una auténtico mosaico de credos. La gran mayoría de la población, un 90%, es musulmana, pero pertenecen a diferentes ramas dentro del Islam. Los suníes representan un 74% de la población y lo forman los árabes suníes (en el mapa en naranja) y los kurdos (morado). Como podemos ver en el mapa se concentran en el oeste y el interior del país. Los chiíes representan un 13% de la población de los que la gran mayoría son chiíes alauitas (en rojo en el mapa), el resto de chiies pertenecen a la rama duodecimana (la mayoritaria en Irán e Irak). Los chiíes se concentran en las zonas costeras y en las zonas fronterizas con Israel y Líbano. Por último dentro del Islam tenemos a los drusos, secta musulmana que a pesar de autoconsiderarse musulmanes son vistos como no musulmanes por el resto de ramas del Islam. En Siria representan un 3% de la población y están localizados al sur del país. Fuera del Islam existe una importante comunidad cristiana que representa un 10% de la población y que está concentrada al noreste y noroeste del país (en color crema en el mapa). Siguen mayoritariamente el rito ortodoxo sirio o el rito caldeo. La última división es la más difícil de medir, la política. Al ser una dictadura es difícil de averiguar cual es el peso político de las diferentes ideologías en el país. El régimen se basa en la comunidad alauí donde tiene un gran apoyo, pero años de partido único han creado una red clientelista que se extiende por todo el país. Los kurdos se han manifestado constantemente durante las últimas semanas contra el régimen y como se puede ver en el mapa los principales focos de las protestas se hallan en zonas de mayoría cristiana, suní o drusa. Pero también hay ciudades donde los alauitas son mayoría como Latakia, Jabla y Banias donde las protestas son constantes.

División religiosa de Oriente Medio (para ver el mapa en más detalle http://gulf2000.columbia.edu/images/maps/Mid_East_Religion_lg.jpg )


Otro de los peligros de una desestabilización de Siria es que la inestabilidad se extendería más allá de sus fronteras. Como vemos en el mapa la gran mayoría de grupos religiosos se extiende a ambos lados de las fronteras de Siria con sus vecinos. Además los vecinos de Siria son países con una larga historia de enfrentamientos étnicos y religiosos. Al oeste de Siria se halla el Líbano, que como se puede observar en el mapa tiene una gran división religiosa, sufre desde los 60 enfrentamientos interreligiosos que han llevado al país a la violencia sectaria en numerosas ocasiones. El hundimiento de Siria provocaría en Líbano una grave crisis política que podría desembocar en más enfrentamientos. Además en Líbano la clase política se halla dividida entre los pro-sirios, a favor del régimen de los Assad y que está liderada por los partidos chiies Hezbollah y Amal pero también apoyada intermitentemente por algunas partidos cristianos y drusos, y los anti-sirios formado por el grueso de los partidos cristianos y suníes. Por tanto en Líbano es una representación en miniatura en lo que puede convertir Siria en pocas semanas o meses. Al oeste de Siria está Irak, donde los enfrentamientos entre suníes, chiíes y kurdos son continuos, una Siria desestabilizada puede agravar seriamente la situación. Turquía al norte también tiene numerosos problemas con su comunidad kurda, mayoritaria en las zonas fronterizas del oeste con Siria. Por último al sur, el pequeño e inestable reino de Jordania podría verse afectado por un estado fallido sirio e Israel tendría mucho que temer del posible surgimiento de un estado sirio beligerante y revanchista ya que desde 1967 el estado israelí ocupa ilegalmente parte del territorio sirio (los Altos del Golán). Por tanto la situación en Siria puede provocar una desestabilización de todo Oriente Medio, desde Irán hasta Israel y desde Turquía hasta Yemen. Es por ello por lo que países con intereses tan contrapuestos como Irán, Turquía, Israel y Arabia Saudí estén apoyando de una forma u otra al régimen sirio de Bashar al Assad.

viernes, 3 de junio de 2011

Arabia Saudí e Irán, historia, política y economía

Ahmadineyadh (izquierda) presidente de Irán con el Rey Saudí bin Abdul Aziz (derecha)


Que el mapa geopolítico de Oriente Medio está cambiando en pocos meses más que durante las tres décadas anteriores es una certeza que podemos ver todos los días en los titulares de los medios de comunicación internacionales. Mientras escribo esto en Yemen un ataque con morteros contra el presidente de Yemen ha abierto, ya oficialmente, un período de guerra civil que puede desestabilizar la región, y concretamente la península arábiga, como no lo han hecho las revoluciones en Libia y Egipto. Pero hay dos actores regionales que no sólo están resistiendo a la ola revolucionaria, sino que están beneficiándose de ella en algunos casos o participando activamente en su represión. Estoy hablando de los dos gigantes políticos de la zona, Arabia Saudí e Irán. Estos dos países son de lejos los más influyentes en Oriente Medio, aunque todo hay que decirlo recientemente Turquía está involucrándose a niveles nunca vistos en los asuntos árabes. Pero manteniendo al margen a los turcos, Irán y Arabia Saudí son los únicos países en Oriente Medio con la capacidad suficiente de crear una red de influencias, aliados e intereses a lo largo y ancho del mundo árabe-musulmán.

Irán y Arabia Saudí son países con más características que los separan que que los acercan aunque a priori no lo parezca. Su enemistad es uno de los ejes básicos para entender la geopolítica regional en Oriente Medio incluso antes de que la Revolución de 1979 colocara en el poder a los ayatollahs en Irán. No son sólo dos países diferentes, sino que representan dos formas de ver el Islam, dos formas de representar la relación entre religión y estado, dos modelos económicos diferentes y dos países con trayectorias históricas y culturales dispares.

Imagen tomada durante la revolución iraní de 1979


Tanto el régimen islámico iraní como la monarquía absoluta saudí tienen en su origen un componente religioso determinante. Cuando el sha de Irán fue expulsado en 1979 del poder tras una revolución, fue un régimen teocrático islámico el que lo sustituyó. Arabia Saudí nace de la unión política y religiosa de la familia de los Al Saud, por entonces gobernantes de la desértica región del Nejd en la Arabia Central y la corriente radical suní wahabbí, unión que les llevaría a conquistar las ciudades sagradas de La Meca y Medina en 1924 y fundar el moderno estado de Arabia Saudí en 1932. Pero mientras que en Irán es la versión chiíta del Islam la que impera entre la población, y son los clérigos chiítas los que controlan el país, en Arabia Saudí es el sunismo y más concretamente la corriente radical wahabbí del Islam la que domina. Además mientras que Arabia Saudí es un país árabe, Irán no lo es, y su lengua el persa, no pertenece ni tan siquiera a la familia semítica, a la que pertenece el árabe o el hebreo, sino a la familia indoeuropea como la gran mayoría de idiomas europeos. Son dos países que culturalmente están muy lejanos el uno del otro. Irán goza de una gran historia milenaria, aún antes de su islamización. Hasta la conquista musulmana fueron durante siglos la principal cultura y nación de Oriente Medio. Fueron además los fundadores del primer gran Imperio de la antigüedad, el Imperio Aqueménida caracterizado por su tolerancia hacia las religiones y naciones que dominaba. También fue en Persia donde nació y se desarrolló la primera de las grandes religiones monoteístas, el mazdeismo o zoroastrianismo. En cambio Arabia Saudí tiene una historia corta y siempre relacionada con el desarrollo del Islam, con la familia Al Saud y con la corriente islámica wahabbí.

En lo económico son también dos países muy distintos. Ambos son importantes productores de petróleo a nivel mundial, pero Arabia Saudí sobrepasa a Irán con diferencia. Mientras que Irán produce 4.325 mil barriles diarios de petróleo, Arabia Saudí produce 10.846 mil barriles. Las reservas de petróleo saudíes también son muy superiores a las iraníes (264,1 mil millones barriles frente a 137,6). Gracias a esto Arabia Saudí es la 23ª economía mundial, mientras que Irán está en el puesto número 29. Además el reino árabe goza de unos niveles de densidad de población relativamente bajos, 27 millones de habitantes, entre ellos de 5 a 10 milllones son inmigrantes legales e ilegales que no entran en el reparto de la riqueza del país. En cambio en Irán la población es de 75 millones de habitantes. Esto provoca que mientras que Arabia Saudí es una economía boyante, basada en las exportaciones de productos energéticos y con un PIB per cápita de 16,778 dólares, Irán es un país más atrasado económicamente con un PIB per cápita de 4,740 dólares y con una economía estancada. La única ventaja de Irán es que supera a sus vecinos saudíes en reservas y producción de gas natural, otro de los recursos energéticos más importantes.


El fundador de Arabia Saudí Ibn Saud (centro) en un encuentro con el presidente norteamericano F.D.Roosevelt en 1945


Los dos países tiene modelos políticos muy diferenciados, aunque ambos basados en al ley coránica. Hasta 1979 ambos países eran monarquías muy próximas a EEUU y Occidente, aunque era Irán el principal baluarte de los intereses norteamericanos (e israelíes) en Oriente Medio. La caída de la monarquía iraní en la revolución del 79 supuso para la familia real saudí un auténtico sobresalto y los analistas de entonces vaticinaban que en pocos años ocurriría lo mismo en la península arábiga. Desde 1979 los dos países han estado enfrentados y Arabia Saudí se ha convertido en la punta de lanza de la hegemonía norteamericana sobre Oriente Medio. La ocupación del poder por parte de los clérigos chiíes supone para la línea más dura del sunismo saudí una auténtica aberración. Los chiíes en Arabia Saudí, que conforman un 10% de la población y están concentrados en la costas del golfo pérsico, han sido vistos desde entonces como enemigos del país y sufren la extrema vigilancia y represión por parte del régimen saudí. Más aún si tenemos en cuenta que casualmente las zonas de Arabia Saudí donde los chiíes son mayoría son las áreas con mayor concentración de petróleo. Otra característica de Arabia Saudí es que los clérigos wahhabíes si bien no ostentan el poder político sí que intervienen activamente en la política a través de sus sermones y fatwas. La familia Al Saud se encuentra rehén de sus clérigos y no osan provocarles, lo que ha radicalizado todavía más a la población saudí, ya que los ulemas, los clérigos islámicos, controlan la educación en el país.

Hasta aquí se puede ver que Irán y Arabia Saudí son dos países muy diferentes, aunque a veces parezcan la misma cosa, regímenes islamistas radicales, son naciones que no tiene nada que ver. Irán es un país con un pasado glorioso, principal país chií del mundo, con una población multinacional (persas, kurdos, azeríes, árabes), gobernado teocráticamente tras 1979, con una economía estancada e hiperinflacionista y marginado por la comunidad internacional. En cambio Arabia Saudí es un país relativamente nuevo, fundamentado en la unión de intereses entre la familia Al Saud y la corriente wahabbí, es una monarquía absoluta donde quienes más influyen en la política son los clérigos, su economía es floreciente y su poder energético es incalculable, goza de muy buenas relaciones con Occidente y su población goza de un nivel de vida respetable y a la altura de algunos países europeos. En el próximo post seguiré hablando sobre los dos países pero esta vez entrando de lleno en la rivalidad política entre Teherán y Riyadh, en la extensión del enfrentamiento por todo Oriente Medio y las consecuencias que pueden tener en todo ello la Primavera Árabe.


Arabia Saudí
Irán
Fundación
23 septiembre 1932
Desde 1501 el país ha estado unificado.
1 abril 1979 República Islámica
Capital
Riyadh
Teherán
Líder Político
Rey: Abdullah bin Abdul Aziz
Líder Supremo: Alí Khamenei
Presidente: Mahmoud Ahmadinejad,
Régimen Político
Monarquía Absoluta Islámica
República Islámica
Población
27,1 millones
75,3 millones
PIB
438.009 mil millones dólares
357.221 millones dólares
PIB per cápita
16,778 dólares
4,740 dólares
Producción Petróleo (total mundial)
10.846 mil barriles diarios (13,1%)
4.325 mil barriles diarios (5,3%)
Reservas Petróleo (total mundial)
264,1 mil millones barriles (21%)
137,6 mil millones barriles (10,9%)
Producción Gas Natural (total mundial)
72,1 mil millones metros cúbicos (2,5%)
116,3 mil millones metros cúbicos (3,8%)
Reservas Gas Natural
4,1% reservas mundiales
16% reservas mundiales
Nacionalidades
Árabes, 31% inmigrantes (indios, pakistaníes, bangladeshíes, afganos)
Persas (65%) Azeríes (16%) Kurdos (7%) Lurs (6%) Árabes (2%) Baluchis (2%) Turkmenos (1%)
Lenguas
Árabe
Persa, Azerí, Kurdo, Luri, Baluchi, Árabe, Turkmeno
Religiones
85-90% Suníes, 10-15% Chiíes
Chiíes 90-95%, Suníes 4-8%, minorías religiosas 2%



jueves, 10 de marzo de 2011

Gaddafi y África: un rebelde en busca de su causa

Parece que el fin del régimen gaddafista en Libia no tendrá graves repercusiones internacionales más allá de avivar las rebeliones en otros países árabes. Al fin y al cabo Libia es un gran país en cuanto a extensión, más de 3 veces la superficie de España, pero demográficamente casi insignificante, 6 millones y medio de habitantes. Su líder, Muammar Gaddafi, si bien disfruta de una potente presencia mediática gracias, entre otras cosas, a sus excentricidades, no es uno de los grandes estadistas mundiales. Desde un punto de vista eurocéntrico, el líder libio no es más que un dictador africano de los tantos que aún pueblan el continente. Pero Gaddafi no es uno más; desde un punto de vista africano ha sido uno de las más importantes figuras de la historia reciente de África. Su papel es capital a la hora de entender la África actual y los conflictos que la atenazan. Gaddafi no es sólo el tirano que gobierna con mano de hierro Libia; el viejo general financia grupos rebeldes, actúa como mediador en numerosos conflictos, es la principal fuente de financiación de la Unión Africana, mantiene a dictadores a lo largo y ancho de todo el continente, es un firme defensor de la creación de unos Estados Unidos de África y además es el principal filántropo del continente. La importancia de Gaddafi en África es tal que en 2008, en una cumbre que reunió a más de 200 reyes y líderes tribales africanos en Libia, fue proclamado “Rey de reyes”. Como un gigantesco pulpo, los tentáculos de Gaddafi se extienden por toda África, desde Trípoli hasta El Cabo, como veremos a continuación.
 
Gaddafi (izquierda) con el presidente egipcio Nasser en 1970
Pero África no siempre ha sido la principal referencia para la diplomacia de Gaddafi y sus ansias de protagonismo internacional. Como ferviente admirador del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, el joven general libio que en 1969 llegó al poder tras un golpe de Estado apostó todas sus cartas a la consecución de su sueño, formar una nación árabe unificada. Pero el destino quiso que Gaddafi no viese su sueño cumplido; la muerte de Nasser en 1970 supuso la desaparición del principal impulsor de la idea panarabista, es decir, de la unión de todas las naciones árabes bajo un único gobierno. Además el fracaso de la unión entre Siria y Egipto, la República Árabe Unida, supuso también un serio varapalo para los ideólogos del panarabismo. Pero Gadaffi no desistió y trató de llevar a cabo varios proyectos de unificación con Egipto y Túnez durante la década de los 70. Sin embargo su afán por liderar cualquier proyecto de unión árabe le granjeó las enemistades de los principales líderes norteafricanos, a lo que respondió organizando varios golpes de Estado fracasados contra el monarca marroquí Hassan II en 1972 y contra el presidente tunecino Habib Bourguiba en 1980. Su belicosidad provocó un paulatino aislamiento diplomático durante las décadas de los 70 y 80 en el conjunto del mundo árabe. Su retórica anti-occidental chocaba con las dos grandes monarquías árabes; Marruecos y Arabia Saudí, y con Egipto, que desde finales de los 70 comenzó a ser el principal aliado árabe de los Estados Unidos, abandonando toda idea panarabista. Destrozados sus sueños de formar una unión árabe, Gaddafi encontró una nueva causa en el panafricanismo, que defendía la unión de todas las naciones africanas, eso sí bajo su liderazgo.

La política exterior panafricana de Gaddafi tuvo dos etapas. Una primera etapa comprendería desde 1977, con la derrota libia en la breve guerra contra Egipto, lo que supuso el fin de su diplomacia panarabista, hasta los años 90. Una segunda etapa comprendería desde los años 90 hasta la actualidad, siendo culmen el período que va de 2008 a 2010. 

La primera etapa se caracterizó por la puesta en práctica, en política exterior, de las dos fuentes de la ideología gadaffista; el panislamismo y el antioccidentalismo. La ideología panislamista comenzó a ganar peso a partir de los años 70 como sustitutivo del secular pensamiento panárabe. El fracaso de todos los intentos de unificación entre los países árabes y la desaparición de sus principales defensores llevaron a la marginación de esta ideología. Pronto fue sustituida por una nueva versión, el panislamismo, centrado en la unificación de toda la comunidad islámica, la Umma, en un sólo estado. Por tanto no comprendía solo a los países árabes sino también a otros estados, especialmente Irán, donde en 1979 triunfaría la revolución islámica. Gaddafi pronto se convirtió en el bastión del panislamismo en África, defendiendo la expansión del Islam por todo el continente. Sus principales acciones en este campo fueron la intervención en la guerra civil de Chad, que enfrentaba a los musulmanes del Norte con los cristianos del sur, y su apoyo militar al dictador de Uganda Idi Amin, musulmán en un país donde la población era mayoritariamente cristiana.

La vertiente anti-occidental de la política exterior de Gaddafi se tradujo en el apoyo a numerosos grupos rebeldes que luchaban contra regímenes gobernados por minorías blancas (Rhodesia del Sur, Sudáfrica) o contra regímenes pro-occidentales como la República Democrática del Congo, Liberia o Chad. Durante estos años, y gracias a los grandes beneficios económicos que comenzaba a amasar Libia por la venta de petróleo, Gaddafi se convirtió en el principal actor de la diplomacia regional. Apoyó a Robert Mugabe, presidente de Zimbabwe, contra el gobierno blanco de Rhodesia del Sur, financió al Congreso Nacional Africano, partido de Nelson Mandela, en su lucha contra la Sudáfrica del Apartheid y apoyó económicamente al Frente Polisario en el Sahara Occidental contra España primero y a partir de 1980, año en que Libia reconoció a la República Saharawi, contra Marruecos. Además apoyó al líder rebelde Laurent-Desiré Kabila contra el general Mobutu en Zaire y colocó al señor de la guerra Charles Taylor en la presidencia de Liberia, tradicional baluarte de la diplomacia estadounidense en África. En Somalia Gaddafi financió a otro señor de la guerra, Muhammad Farah Aydid, celebre por haber repelido un ataque estadounidense a Mogadiscio en 1993. Como hemos visto, el líder libio estableció en pocos años una red de países aliados, algunos de ellos gobernados por dictadores que asistieron al Centro Mundial Revolucionario, escuela libia donde Gaddafi entrenó a varios futuros presidentes como Blaise Campoare de Burkina Faso o Idriss Déby de Chad.

Muammar Gaddafi en la 12ª Cumbre de la U.A.
La caída del bloque socialista, y el surgimiento de Estados Unidos como única potencia mundial cambió el panorama diplomático y político en África. Además, el estancamiento de la República Islámica de Irán, principal aliado musulmán de Gaddafi, en su guerra contra Irak acabaron por empujar al líder libio a abandonar su tan cacareado panislamismo. Su aislamiento entre los países árabes continuó, sobre todo desde que la comunidad internacional señalase a Gaddafi como el culpable de varios atentados en Europa durante la década de los 80. Todas estas circunstancias empujaron al líder libio a centrar sus aspiraciones geopolíticas en África, donde acabaría por encontrar la última de sus causas políticas, el panafricanismo. Esta vez sin hacer distinciones de religión o de ideología política, la prioridad era unificar el continente en unos Estados Unidos de África. Para ello elaboraría una triple estrategia; mantener la red clientelar con sus socios africanos con apoyo militar o financiero, buscar nuevos aliados en el continente gracias a ayudas económicas, humanitarias o mediando en conflictos armados, e impulsando el desarrollo de la Organización de la Unidad Africana (OUA).

Durante los siguientes 20 años Gaddafi se convertirá en el principal impulsor de la unidad africana y en el banquero de los líderes políticos del continente; tal es así que regímenes como el de Mugabe en Zimbabwe o la propia Unión Africana (UA) pasaron a depender económicamente de la ayuda libia. Gracias al petróleo y a la subida continuada de sus precios a partir de los 90, Gaddafi pudo afianzar su red clientelar de autócratas africanos. Hasta su expulsión del poder en 2003 Charles Taylor, presidente de Liberia, disfrutó de la financiación libia. Otros países tradicionalmente en la esfera de influencia de Gaddafi como Niger, Mali, Chad y la República Centroafricana también se han beneficiado de estas ayudas económicas. En el caso de las dos últimas la ayuda libia se ha extendido al campo militar, ya que ambos países están gobernados por aliados tradicionales de Gaddafi, Idriss Déby en Chad, y Ange-Félix Patessé en Centroafrica, que gobernó hasta 2003. Financió a Foday Sankoh líder del Frente Revolucionario Unido de Sierra Leona, uno de los señores de la guerra más sangrientos del África Occidental, durante la guerra civil de 1991-2002. Sin embargo el país que más se ha beneficiado de su amistad con Libia ha sido Zimbabwe. Su presidente Mugabe, tradicional aliado de Gaddafi, se mantiene en el poder gracias al petróleo barato enviado desde Libia.

La segunda estrategia de Gaddafi en su aventura panafricana ha sido la de ganar nuevos apoyos en África para lograr ser el líder de un hipotético continente africano unificado. Esto también lo ha conseguido gracias a la ayuda financiera; ha otorgado préstamos de más de 100 millones de dólares a Tanzania, Mozambique y Etiopía y de más de 600 millones a Sudán. También ha financiado parte de la ayuda humanitaria destinada a los refugiados de Darfur en Chad. Por último ha actuado como mediador en algunos de los principales conflictos en el continente como el enfrentamiento entre Chad y Sudán a raíz del genocidio de Darfur o el conflicto entre los rebeldes Tuareg y los gobiernos de Mali y Niger. Desde 1989 Gaddafi ha mejorado sustancialmente sus relaciones con Marruecos, Túnez y Egipto y ha sido el impulsor de la Comunidad de Estados Sahelo-Saharianos que incluye a Mali, Niger, Chad, Sudán, Burkina Faso, además de a la propia Libia.

El momento culminante del proyecto panafricano de Gaddafi se produjo durante la última década. En el año 2000, durante la XXXVI Asamblea ordinaria de la Organización para la Unidad Africana (OUA), organización regional creada en 1963 y que agrupaba a todos los estados africanos salvo Marruecos, se aceptó la propuesta de Gaddafi de crear un nuevo organismo. Esta nueva organización, la Union Africana (UA), sustituiría a la OUA y supondría un nuevo impulso para la unidad africana, creando instituciones a imagen y semejanza de las de la Unión Europea. La nueva UA cuenta con Libia como la principal fuente de financiación, un 15% del presupuesto de la organización corre a cuenta de Gaddafi. De hecho Libia paga la cuota de algunos pequeños países que no pueden realizar tal gasto. Las misiones de paz de la UA en Darfur (Sudán) y Somalia, están financiadas parcialmente con dinero libio, lo que explica la gran influencia de Gaddafi en la organización. 

Bandera de la Unión Africana
En 2008, en una cumbre en Bengazi (Libia), 200 reyes y líderes tribales de África declararon a Gaddafi “rey de reyes”. Un año después, Libia se hace con la presidencia anual de la UA. Durante este periodo Gaddafi defenderá insistentemente la creación de unos Estados Unidos de África bajo su liderazgo. Este nuevo superestado debería contar, según el líder libio, con un ejército propio, un pasaporte común y una moneda única, el afro, y debería estar constituido para 2025. Si bien Gaddafi cuenta con el apoyo de países aliados como Senegal, tradicional defensor de la unidad africana, o Zimbabwe, los pesos pesados de la región, Nigeria, Kenia y Sudáfrica, son más escépticos con los extravagantes proyectos del líder libio.
 
La desaparición de Gaddafi supone, para África, un cambio en el equilibrio político regional de consecuencias imprevistas. Por un lado hemos visto como la propia Unión Africana depende económicamente de Libia, así como sus misiones de paz. Por otro lado regímenes que hasta ahora habían sobrevivido por el apoyo económico y/o militar libio como Zimbabwe, Chad o Burkina Faso pueden tambalearse. La desaparición de Gaddafi no es algo secundario para África; es un movimiento sísmico que puede llevarse por delante a otros dictadores y crear nuevos conflictos armados y más caos, pero también puede suponer un impulso a la democracia en el continente o el fin de viejas rencillas. Lo que está claro es que con Gaddafi y su quijotesco sueño de una África unida muere el último intento desesperado de un continente que busca infructuosamente su lugar en el mundo.




Mapa que explica algunos de los lazos diplomáticos entre Libia y otros países africanos.

















 
 

miércoles, 23 de febrero de 2011

Las 14 falacias sobre la revolución egipcia (Parte II)

En este segundo post terminaré los 7 puntos restantes. Antes de empezar, agradecer a todos aquellos que hayáis leído el primer post, se agradece mucho. Continuo....


La Hermandad Musulmana ha estado prohibida y perseguida por Mubarak Como todo régimen dictatorial, el tirano de turno tiene que tener una excusa de cara a la comunidad internacional para ejercer el poder de forma autocrática. Para Mubarak ese chivo expiatorio ha sido la Hermandad Musulmana. Ante cualquier presión del exterior para que iniciara reformas políticas Mubarak lo dejaba claro, si se liberalizaba el régimen el poder acabaría en manos de la Hermandad o lo que es lo mismo, el islamismo. O ellos o yo, no hay término medio. Para suerte de Mubarak en Occidente siempre le hemos creído, y nuestros gobiernos no es que no hayan presionado al régimen egipcio a emprender reformas, sino que además han financiado su dictadura, sobre todo los EEUU. Todo para evitar que la Hermandad llegase al poder. Por tanto a Mubarak le ha interesado siempre tolerar la existencia de esta. Porque la Hermandad tiene oficinas, tiene empresas, centros sanitarios y educativos; hay cierta represión, si, pero menor que a otros grupos político-sociales. De hecho entre 2005 y 2010 fueron la principal fuerza de oposición en el Parlamento con 88 escaños. Mubarak ni podía ni quería perseguir a la Hermandad porque era la razón de ser de su régimen. Si la Hermandad hubiese desaparecido ¿cómo justificaría Mubarak a la comunidad internacional la falta de democracia en su país?


La Hermandad Musulmana es el único grupo organizado de la oposición Se ha repetido hasta la saciedad que la Hermandad es el único grupo de oposición organizada al régimen de Mubarak. La realidad es que existen otros grupos o partidos políticos con una cierta organización, que incluso han participado en elecciones, beneficiándose de algunos momentos de mayor apertura del régimen. El Wasat Party, creado en 1996 de una escisión de la Hermandad, defiende un islamismo liberal y ha sido el primer partido legalizado tras la caída de Mubarak. El movimiento Kifaya, surge en 2004 de la unión de diversos movimientos de protesta de diferente ideología con unos mismos objetivos: la salida de Mubarak del poder, la celebración de elecciones y un Egipto democrático. La “Asociación Nacional por el Cambio”, plataforma política de apoyo a Mohammed El Baradei, premio nobel egipcio que se ha postulado para liderar la democratización del país. El partido Wafd que desde 1983 ha sido una de las principales organizaciones políticas egipcias de la oposición, defiende la democracia liberal y en 2005 logró 6 escaños en el Parlamento. El Tagammu, partido socialista que a pesar de la falta de libertades políticas logró en las elecciones de 2010 5 escaños. Por último el partido liberal Al-Ghad, defiende la instauración de una democracia secular. Por tanto existen numerosos partidos políticos que han ido surgiendo a pesar de las numerosas trabas que durante 30 años el régimen de Mubarak les ha impuesto. Los que vaticinan una victoria segura de la Hermandad en unas posibles elecciones democráticas no han tenido en cuenta la gran variedad de opciones políticas que han germinando al calor de la represión. Además, tras el éxito de la revuelta popular, se prevé la creación de un partido político llamado “Jóvenes del 25 de enero” que agrupe a todos aquellos que participaron en la revolución.


Por muy autócrata que haya sido, gracias a Mubarak Egipto y Occidente han disfrutado de 30 años de paz en la región Este es el típico argumento que sin ningún tipo de cautela se ha utilizado desde Occidente para justificar el apoyo a dictaduras como la egipcia. El argumento es básico, no hay que retirar al dictador de turno porque aunque gobierne de forma autocrática gracias a él el país ni se ha desestabilizado, ni ha pasado a ser gobernado por nuestros enemigos. Como dijo el presidente estadounidense F.D.Roosevelt sobre el dictador nicaragüense Somoza, “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Los mismos argumentos se utilizaban por ejemplo en el caso de Indonesia. Desde 1967 hasta 1998 el general Suharto gobernó de forma dictatorial el país asiático. Desde Occidente se le apoyaba argumentando primero, que gracias a él el país no pasaría a manos de comunistas o islamistas, y segundo que gracias a Suharto el país no se ha desestabilizado ni dividido. En 1998 se produce un levantamiento popular y Suharto se retira del poder. Cunde la alarma en Occidente, ¿se convertirá Indonesia en un Emirato islámico? ¿Se dividirá el país caóticamente en numerosas repúblicas independientes? ¿Habrá una guerra civil? Nada de esto pasó, 12 años después Indonesia es una esplendorosa democracia, modelo en la región, con casi todos los conflictos separatistas solucionados, el terrorismo islamista perseguido y con una economía creciendo a un 6%. Además sigue siendo un aliado regional de Occidente, y por cierto es el país musulmán con mayor población. Por tanto o bien desde Occidente dejamos de apoyar a las dictaduras y dejamos que los pueblos construyan sus propias democracias, o bien admitimos que realmente apoyamos a los dictadores porque nos son más convenientes para nuestra políticas comerciales y de seguridad. Los 30 años de gobierno de Mubarak han venido acompañados por represión, torturas, atentados terroristas, pobreza y tensión social. No han sido 30 años de paz, ni para Egipto ni para Occidente. La represión no ha hecho más que dar argumentos a los perversos ideólogos de la Yihad Islámica Egipcia, organización que años después sería “socia fundadora” de Al Qaeda.


El mayor miedo de los gobiernos occidentales es que Egipto pase a estar gobernado por los islamistas Este no es el mayor miedo de Occidente. Los EEUU y otros gobiernos europeos han apoyado y financiado a regímenes radicales islámicos en numerosas ocasiones. Dejando de lado Irán, el régimen islámico por antonomasia, la Arabia Saudí wahabbí, es uno de los principales aliados de Occidente en el mundo. Durante la Guerra Fria EEUU apoyó a los movimientos islamistas en Pakistán y Afganistán para frenar la influencia soviética en esos países. Sin ir más lejos, Afganistán actualmente es una República Islámica con el beneplácito de los EEUU y la OTAN y en Irak el gobierno se haya en manos de una coalición de partidos islámicos con elementos muy radicales. A lo que tiene miedo Occidente es a la pérdida de influencia sobre los países árabes. Lo que importa no es quién gobierne sino que sean dóciles y acaten lo dispuesto por Washington, Londres o París. Las democracias en el Tercer Mundo no interesan, siempre ha sido más fácil llegar a acuerdos con dictadores corruptibles que con demócratas con principios.


Al Qaeda apoya las revueltas o se está beneficiando de ellas Al Qaeda basa toda su actividad terrorista en el precepto de que la única manera de expulsar del poder a los dictadores árabes, su principal objetivo estratégico, es a través de la violencia. La expulsión pacífica de Ben Alí en Túnez y Hosni Mubarak en Egipto no sólo supone un varapalo a las tesis de Bin Laden si no que las anula completamente. Hace muy poco Ayman al Zawahiri, egipcio y número dos de Al Qaeda decía “el sistema en Egipto y la mayoría de los países árabes e islámicos sólo puede ser removido por la fuerza, y el régimen en Egipto no va a ceder ante ninguna tentativa pacífica de cambio, y Hosni Mubarak y su hijo no abandonarán el gobierno si no es por la fuerza”. La realidad le ha estallado, y nunca mejor dicho, a Al Qaeda en las manos. El triunfo de las revueltas supone un mayor golpe al grupo terrorista que la guerra de Afganistán. Todo ello no quita que Al Qaeda busque el fracaso de la democratización de estos países, para demostrar que sus tesis eran correctas. Por tanto es de preveer que se sucedan importantes atentados islamistas, teniendo en cuenta que Al Qaeda es casi un invento de la Yihad Islámica Egipcia y su presencia en el país norteafricano ha sido larga y sangrienta. De todos modos según una encuesta del PEW Research Center tan sólo un 20% de los egipcios simpatizan con Bin Laden o su grupo terrorista, por tanto la base de apoyo social es muy reducida. Pero como bien sabemos en España, el terrorismo no tiene capacidad de frenar la democractización de ningún país. Por último, señalar que la Hermandad Musulmana es el principal enemigo de Al Qaeda desde que a partir de los 80 se desligara de la violencia y optara por medios pacíficos para lograr sus objetivos. Lo que anula cualquier relación entre la Hermandad y Al Qaeda, a pesar de que se haya dicho en numerosas ocasiones lo contrario.


Sobre el ejército Si hay un actor político del que se ha hablado durante los acontecimientos en Egipto este ha sido el ejército. Mi intención es señalar brevemente, que cuando se habla del ejército egipcio no se puede hablar de un todo homogéneo. La mayoría de sus 470 mil miembros no pertenecen a ninguna élite político-económica, sino que son miembros del pueblo, generalmente jóvenes que no han encontrado otra forma de ganarse la vida. La cúpula militar sí que amasa gran poder económico y político. Algunas fuentes señalan que el ejército controla empresas y otros activos que suponen entre un 10 y un 30% del PIB egipcio. Pero esta cúpula formada por los altos cargos militares tampoco es totalmente compacta. Por un lado están los militares de mayor edad, entrenados en la URSS y que han participado en las guerras contra Israel. Por otro lado una segunda generación de altos cargos, más jóvenes, ha sido formada en EEUU y sería más permeable a un régimen democrático. La existencia de estas diferentes sensibilidades dentro del ejército explicaría en parte la posición vacilante de los militares durante la revuelta, ya que presumiblemente detrás del telón habría una lucha interna entre las diferentes facciones con el presidente Mubarak por el medio.


Sobre el futuro Para terminar, un breve apunte. A diario se especula sobre lo que va a pasar en Egipto, cada periodista o analista tiene su propia versión. Unos que va a ser un nuevo Irán, otros que el ejército se mantendrá en el poder, etc... Yo he intentado huir de vaticinar el futuro, cualquier previsión de futuros acontecimientos he intentado contextualizarlo y he indicando que son probabilidades y no certezas. Digo esto porque quiero terminar indicando que a día de hoy nadie es capaz de predecir con precisión lo que va a pasar en Egipto, entre otras cosas porque no hay ningún antecedente. Por tanto, sinceramente, no hagáis caso de aquellos que de forma categórica dicen qué es lo que va a pasar, cómo y cuándo. Porque la ignorancia es atrevida.


Hasta aquí los 14 puntos, espero que no haya sido extremadamente pesado, ya que me he extendido más de lo que había planeado en un primer momento. Si alguien necesita fuentes sobre el tema por favor pedírmelas. La mayoría son de periódicos (El Pais, New York Times, Washington Post) o think tanks (CSIS, CFR, Brookings, Instituto Elcano...). Sois bienvenidos a comentar lo que queráis, ya que por desgracia para mi, no tengo la verdad absoluta, una lástima la verdad...

martes, 22 de febrero de 2011

Las 14 falacias sobre la revolución egipcia (Parte I)

El 11 de febrero de 2011 Mubarak, presidente egipcio, abandonaba el poder y cedía el control del país al ejército. Terminaba la primera y más decisiva etapa de la llamada, no con mucha imaginación, revolución egipcia. Durante semanas los medios de comunicación; prensa, radio, prensa digital y televisión, centraron su atención en los acontecimientos que se sucedían de forma acelerada en el país del Nilo. Y como suele suceder en estas circunstancias, las opiniones se confundieron con los hechos, y las especulaciones con la realidad. La falta de conocimiento sobre la realidad internacional, muy patente en el periodismo español, ha sido mitigada por la participación en tertulias, debates y reportajes, de expertos en el tema, en este caso en el mundo árabe y/o islámico. A pesar de ello, tanto desde la prensa nacional como internacional se han vertido numerosas falsedades, que como siempre ocurre, a costa de repetirlas continuamente se convierten en una verdad asentada. Estas falsedades no son inocentes, tienen tras de si cierto trasfondo de antropológico en unos casos, ideológico en otros y la simple y pura ignorancia en otros. La manipulación de la información no sólo es un acto perverso si no que en ocasiones puede ser tremendamente perjudicial, en este caso para los egipcios concretamente y los árabes en general. Es por ello por lo que he decidido abrir este blog, para intentar ofrecer un punto de vista basado en la realidad de los hechos, los estudios y los datos, en fin, en la rigurosidad, ya que uno siente que no puede estar por más tiempo callado ante estos atropellos informativos. Partiendo del hecho de que la objetividad no existe, ya que somos sujetos y no objetos, trataré de ser lo más imparcial posible, que no equidistante. Con este post os doy la bienvenida a mi blog y agradeceros de antemano su lectura.

Para hacerlo de forma más gráfica, y por tanto más digerible, explicaré brevemente, una por una, cada una de las falsedades que se han ido instalando en el debate mediático sobre Egipto. He seleccionado las 14 más repetidas y difundidas. En este primer post comentaré las 7 primeras y en un segundo post las otras.

La Hermandad Musulmana (o los Hermanos Musulmanes) es un partido político islamista radical La Hermandad no es ni un partido político ni tiene una ideología concreta. Tan sólo existe un elemento aglutinador, el Islam y su papel en la política y la sociedad. Por tanto dentro de la Hermandad existen desde extremistas que podrían solidarizarse con grupos como la Yihad Islámica, hasta reformistas partidarios de una democracia pluralista. Durante la revuelta contra Mubarak, miembros de la Hermandad emitieron una serie de comunicados manifestando su posición: democracia, elecciones libres, justicia independiente y Estado de Derecho. Como la democracia cristiana en Europa, los miembros de la Hermandad defienden el papel principal de su religión en la sociedad, pero niegan que su prioridad sea instalar la ley islámica en Egipto, sólo lo apoyarían si existe un consenso nacional. Además la Hermandad ha condenado sucesivamente los atentados de Al Qaeda y desde los 70-80 está en contra del uso de la violencia y no la ha ejercido. Se ha repetido incesantemente que la Hermandad, si hubiese elecciones libres, gobernaría con toda probabilidad el país. Con esta afirmación se han dado por hecho varios elementos; por un lado está por ver si la Hermandad se presenta como un grupo cohesionado o por el contrario, y como parece más probable, dará lugar a varias formaciones políticas diferentes. Por otro lado se presupone que la Hermandad ganaría unas elecciones, cosa que es mucho especular en un país que aún no ha celebrado elecciones en libertad. Lo más probable es que la Hermandad de pie a una coalición de grupos políticos que dentro del islamismo aglutine tanto a radicales como reformistas, al menos para las primeras elecciones. Algo parecido a lo que ocurre en Irak, donde gobierna una coalición que agrupa desde sectores moderados del islamismo político hasta extremistas como el partido del clérigo radical chií Al Sadr. Lo que está claro es que la Hermandad, ni es un grupo político, es más una organización de asistencia y caridad centrada en torno al Islam, ni apoya a grupos terroristas, ni tiene una visión radical del Islam, tan sólo unos sectores, ni está claro que se presenten a las elecciones unidos, y que en ese caso las ganen.

Egipto va a ser un nuevo Irán Primero, Irán es un país persa y con una población mayoritariamente chií. Egipto es un país árabe y mayoritariamente suní. Además en Egipto hay una importante minoría de cristianos coptos (un nada despreciable 10% de la población), que se opondría frontalmente a cualquier intento de república islámica. La revolución iraní fue contra un rey y su dinastía, comunistas e islamistas fueron los que llevaron a cabo las revueltas y hubo una figura que si bien no lideró la rebelión, si que fue el símbolo de la resistencia, el ayatolah Jomeini. En el caso egipcio la revolución ha sido contra un dictador y la revuelta ha destacado por la ausencia de ideologías, ya que los discursos políticos más allá de la demanda de democracia y libertad han brillado por su ausencia. Ni los islamistas ni los comunistas han tenido un papel destacado. En la revolución egipcia no se ha impuesto ninguna figura simbólica, ha sido la revolución del pueblo. Por último el sunismo, mayoritario en Egipto, al contrario que el chiísmo de Irán no tiene un clero con una estructura jerárquica, lo que impide el establecimiento de un régimen teocrático como el de Jomeini. Es por ello por lo que tan sólo bajo el paraguas de algunas monarquías del Golfo pérsico se han instalado regímenes casi teocráticos en sociedades suníes. La única forma aparente de que se instale un régimen islamista en Egipto es bajo un régimen autoritario impulsado desde el ejército, algo así como lo que ocurrió en Pakistán con Muhammad Zia-ul-Haq o en Sudán con Omar al Bashir. Otra pregunta sería si Irán va a ser el nuevo Egipto.

Los que han llevado a cabo la revuelta egipcia son mayoritariamente islamistas Especular con la ideología de los cientos de miles de personas que exigían en la paza Tahrir la caída de Mubarak es cuanto menos algo infructuso. Hasta la fecha no existe una encuesta sobre las posturas políticas de los allí reunidos y dudo que se prestasen a ello. Los que sí tenemos son imágenes y videos en los que no aparecen ni cánticos en favor de un régimen islámico, ni quemas de banderas de EEUU o Israel, ni eslóganes a favor de Bin Laden. Lo que sí hemos escuchado son las exigencias de la población una y mil veces: democracia, libertad, trabajo, educación, una vida digna, el fin de la corrupción y el favoritismo o una policía honesta. Por tanto, con los datos que tenemos, nada apunta a que podamos afirmar que los islamistas están liderando las revueltas. Lo que sí está claro es que los egipcios quieren democracia, un 59% así lo afirman en un estudio del PEW Research Center y son datos de antes de que se iniciasen las revueltas.

El mundo musulmán es incompatible con la democracia Falso. Existen en el mundo 48 países con una población mayoritariamente musulmana. Según Freedom House, 6 de ellos son democracias electivas (Senegal, Mali, Turquía, Albania, Bangladesh e Indonesia). Es un pequeño porcentaje pero demuestra en todo caso que un país puede ser musulmán y democrático. Destaca Indonesia, país musulmán más poblado del mundo y una democracia ejemplar en Asia. Freedom House señala además que otros 9 países (Marruecos, Gambia, Burkina Faso, Níger, Líbano, Kuwait, Pakistán, Malasia y Nigeria) son parcialmente libres y tienen cierto nivel de participación política. De los 1571 millones de musulmanes que se estima hay en el mundo más de 980 millones viven en regímenes o democráticos o en proceso de democratización. Destacar que muy probablemente la causa que en la mayoría de países musulmanes o árabes no haya democracia tenga más que ver con sus características geográficas y económicas (son todos países del Tercer Mundo), que con su religión.

La democracia en los países musulmanes lleva al poder a los islamistas De los países mencionados anteriormente, tan sólo uno está gobernado por un partido islamista: Turquía, lo que nos lleva a dos conclusiones. Primero, los islamistas son grupos residuales en la mayoría de países musulmanes democráticos, tan sólo tienen cierta presencia en Turquía, Marruecos, Líbano, Kuwait y Pakistán, pero no son una clara mayoría. En los países no democráticos tienen una mayor presencia social debido a que suelen acoger a la oposición más extremista y se nutren de la frustración surgida de la represión en estos regímenes Segundo, que gobiernen los islamistas no significa ni el fin de la democracia ni un gobierno islamista radical, pongo como ejemplo Turquía, donde durante los últimos años de gobierno del islamista AKP se han llevado a cabo cambios muy positivos como la mejora de la situación de los kurdos o la disminución del papel del ejército en la política. Con ello no pretendo defender a estos partidos políticos, ya que a mi modo de ver la religión, tanto la islámica como la cristiana, no debería estar presente en la política.

La caída de Mubarak traerá la guerra con Israel. Egipto e Israel han entrado en guerra en cuatro ocasiones. Dos de ellas (1956, 1967) iniciadas por Israel y las otras dos (1948, 1973) por Egipto y sus aliados árabes. Por tanto Egipto ha sido una potencia agresora en tanto en cuanto Israel también. Nada indica que vaya a haber una guerra. Israel sigue teniendo el ejército más formidable de la región, contra el cual el ejército egipcio no puede hacer nada. El único peligro que puede provocar un enfrentamiento es el tratado de 1979 firmado por ambos países y en el cual, entre otras cosas, se exige al ejército egipcio que no posicione sus tropas en la península del Sinai, creando una zona desmilitarizada a cientos de kilómetros de la frontera con Israel. La Hermandad Musulmana ya ha denunciado este tratado que considera humillante, pero no se ha manifestado a favor de una guerra contra Israel. El gobierno israelí debe asumir que el tratado deberá ser revisado: por un lado es un tratado denunciado por todos los grupos de oposición egipcios y muy mal visto por la población, no hay que olvidar que entre otras causas las buenas relaciones de Mubarak con Israel han sido uno de los factores que han propiciado su caída. Por otro lado fue negociado por un gobierno ilegítimo y dictatorial que no representaba a la población, por tanto ante un futuro gobierno democrático egipcio, Israel no tiene otra opción que renegociar el tratado. Por último el tratado es un atentado a la soberanía nacional egipcia a la que se le niega el control de parte de su propio país. Por tanto si Israel no entiende esto y se mantiene firme en la defensa del tratado de 1979 sí que se correría el riesgo de un enfrentamiento entre ambos países. Dejando de lado este escenario, un Egipto democrático se mostrará más crítico con Israel que Mubarak, y si partidos islamistas llegan a gobernar es probable que se rompan las relaciones diplomáticas entre los dos países, tal y como exige hoy en día la Hermandad Musulmana. A largo plazo un Egipto democrático será más deseable para Israel que un Egipto no democrático, entre otras cosas porque nunca dos democracias se han declarado la guerra.


Es el 1989 árabe Al igual que Faared Zakaria en la revista Time coincido con él en que más que a la ola revolucionaria que provocó la caída de los regímenes comunistas del Este de Europa entre 1989 y 1991, la ola revolucionaria árabe tiene más que ver con la de 1848. Aquellos que se rebelaron en 1848 y los que lo están haciendo en 2011 tienen las mismas reivindicaciones: libertad y democracia. En ambos casos las revoluciones se difundieron espontáneamente de un país a otro, en 1848 por Europa, en 2011 por el mundo islámico. Las revueltas se vieron impulsadas por su éxito en Francia en 1848, así como ahora han sido avivadas por el éxito en Egipto. Al igual que en la actualidad las revueltas de 1848 tuvieron evolución y suerte diferentes, en algunos países tuvieron gran éxito y en otros se limitaron a enfrentamientos con las autoridades. Las consecuencias de 1848: caída de regímenes, cambios constitucionales o represiones brutales, las de 2011, están por ver pero no serán muy diferentes. La caída del bloque soviético de 1989 a 1991 no tiene nada en común con la situación actual. Los países de Europa Central tenían un sistema político y económico homogéneo, cosa que los países árabes no. Su colapso se debió más a la política novedosa de la potencia tutelar, la URSS y su líder Gorbachov, de no intervenir en los asuntos internos de estos países. En cambio en los países árabes no hay una potencia tutelar, aunque EEUU en cierto modo lo es en algunos casos, y la caída de los regímenes ha sido más debido a asuntos internos que a una coyuntura internacional concreta. De todos modos comparar la situación actual con la de 1848 o 1989 no es de gran utilidad, actualmente estamos viendo un fenómeno histórico único cuya evolución y consecuencias tan sólo podemos intuir.

Hasta aquí los primeros 7 puntos, en el próximo post el resto...